domingo, 14 de julio de 2013

EL CABANYAL, FILL DE LA MAR














Tierra de pescadores y marineros
El Cabanyal es hijo del mar. Primero fue el mar y después el Cabanyal, nacido
junto a él, recostado junto a él y alimentado por él.
Cuando Jaime I llega a Valencia, el Cabanyal estaría escasamente habitado, con
pescadores accidentales protegidos en algún chamizo de tradición palafítica, diseminado
entre los marjales.
Con la conquista, se va fortaleciendo el cercano núcleo del Grau, que crece y
adquiere su sentido alrededor del pequeño desembarcadero, al que a duras penas podían
acceder embarcaciones ligeras, mientras las de más  calado debían anclar a cierta
distancia. El Grau va creciendo, vertebrado en torno a su actividad comercial y a su
carácter defensivo, pues el conquistador lo considera un bastión fundamental en la
defensa del litoral.
A pesar de esta importancia estratégica, ni el Grau ni el Cabanyal ofrecían
buenas condiciones de habitabilidad. De manera que  Jaime I, siguiendo la política
tradicional de conceder tierras a todos los que emprendieron con él la aventura de la
conquista, asigna 200 jovadas (es decir: 5.983.800 metros cuadrados) de tierra a 500
marineros que le ayudaron con sus embarcaciones. Pero al principio ese considerable
terreno debe concedérselo lejos del mar: en los barrios conocidos como de marineros y
pescadores, es decir, desde la calle Poeta Querol hasta la calle de Lauria. (Aunque de un
modo vago, que no he podido confirmar, Sáñez y Madoz sugieren que parte de esta
donación se hizo efectiva en el Cabanyal). Estos marineros y pescadores tuvieron su
centro religioso en una pequeña capilla llamada de las Buena Guía, en el interior de lo
que entonces era la Parroquia de San Andrés.
Las primeras alusiones al topónimo Cabanyal se encuentran en el archivo
municipal, hablando en 1422 de la reparación de un  puente “en lo camí que va al
Cabanyal”. Aunque debemos reconocer que durante los siglos XVI y XVII no se
menciona mucho el Cabanyal, a no ser de manera accidental, en el Libro de privilegios
de la Albufera y en el tratado sobre el Guardia del Grau, del Libro Negro (ARV),
haciendo suponer que su actividad se centraba en la pesca y en tareas auxiliares del
puerto.
Delimitación geográfica
El Cabanyal abarca una extensión de territorio que recibe tres nombres. Porque
aunque al principio se conoció exclusivamente con ese nombre, pronto surgió otra
realidad con nombre propio, el Canyamelar. Digamos sucintamente que casi con toda
seguridad debe descartarse el origen de este topónimo como proveniente del canyamel,
ligándolo a la caña de azúcar de la zona. Lo bien cierto es que no se ha encontrado en él
ni rastro de cultivo, de fabricación o de comercio de azúcar. Más asimilable sería la idea
de ligar su origen al cáñamo. Ya en 1759, cuando empezaba a esbozarse una cierta
urbanización de la zona,  se hablaba de construir un horno “en el territorio de los
cañamelares” . Posteriormente, al norte del poblado y lindando con la Malva-rosa, se
extiende la tercera pieza del bloque, el núcleo del Cap de França, entre Pixavaques y la
acequia de la Cadena.
Los dos núcleos principales (Cabanyal y Canyamelar) se vertebraron en torno a
una parroquia, entidad religiosa que en la época estaba profundamente integrada en la
vida civil. La ermita de la que tenemos las primeras noticias en la documentación (ya en
Tosca) fue la de los Ángeles, aunque era considerada como una entidad menor, en el
límite entre Cabanyal y Cap de França. Además de que la actual parroquia fue edificada
sobre unos terrenos propios de la comunidad de pescadores, se aprovechó la altura de su
campanario para convertirlo en un faro, referencia  indispensable para los pescadores
cuando pretendían ganar la orilla, sobre todo durante los temporales.
Mientras los Ángeles era simplemente una ermita se  pensó, en tiempos del
Arzobispo Mayoral, en construir una nueva ermita, la del Rosario, para la “multitud de
familias de pobres pescadores que viven bajo un precario techo”, tal como se lo
comunicó Mayoral en carta de 1761 al Papa Clemente XIII. A la sombra de estas dos
parroquias se desarrollaba la vida cristiana de las comunidades de marineros y
pescadores, que no sólo bautizaban a sus hijos sino también a sus barcas, a las que a
finales del XVIII y principios del XIX daban con casi unanimidad el mismo nombre:
“Santo Cristo del Grau”, acogiéndose así a la protección del Cristo que en 1411 llegó a
nuestras orillas sobre una escalera.
Competencias de los pescadores en la playa
Sea lo que sea de las hipotéticas donaciones de Jaime I a los pescadores en la
playa, que los hubiera convertido automáticamente en dueños de todo el Cabanyal, lo
cierto es que hasta bien avanzado el siglo XVIII, el Común de Marineros y Pescadores
del Grau y el Cabanyal tuvieron una gran influencia en el uso y ordenación de toda la
franja marítima -no identificable exactamente con el Cabanyal actual, que sobre todo a
raíz de la construcción de los muelles del puerto en 1792, experimentó un espectacular
crecimiento, ganando al mar más de 500 metros.
Desde Carlos III se consolidó una norma: se seguía  concediendo a los
pescadores del Cabanyal el monopolio de la pesca. A cambio, los pescadores se
comprometían a servir al Rey en tres campañas bélicas, alistándose o “matriculándose”
en la reserva de la Marina. De hecho, el oficio que constaba en todos sus escasos
papeles y que enseñaba cuando se dirigía a las autoridades era el de pescador
matriculado. Pero sus competencias no se limitaban exclusivamente a la pesca, sino que
también tenían facultades en la regulación de la franja costera. En este sentido, cuando
alguien deseaba edificar una barraca cerca de la orilla (para vivienda, para taller de
calafate o para pequeño comercio), era preceptivo el informe de la Comunidad o Jurado
de Marineros y Pescadores, que juzgaba si la nueva  edificación podía entorpecer las
maniobras pesqueras, como el varado de las barcas o el tendido de las redes.
La pesca del bou
La pesca del bou se ha convertido en emblemática, pero no sólo porque ha
gozado de una representación gráfica excepcional en los lienzos de Sorolla, sino porque
su implantación dio un impulso definitivo al crecimiento demográfico de la zona. En
1821 se decía : “Los ancianos de 80 años sólo han conocido ocho o diez familias
miserables en el terreno que ocupan en el día tres mil habitantes, y todos los de una
mediana edad han presenciado el asombroso incremento de tal población pescadora”.
El bou, cuyo nombre sólo de casualidad tiene algo que ver con el hecho de que
unos cansinos bueyes arrastraran hasta la arena las barcas dedicadas a este arte, se llama
así por el modo de disponer las dos barcas arrastrando cada una un cabo de la red.
Simplemente, cada una de las barcas era comparada a un buey uncido a un arado y
tirando de él, igual que las barcas arrastraban la red por el fondo de las aguas.
Este arte de pesca no es más que una modificación del llamado “ganguil”, en el
que una sola barca arrastraba los dos cabos de la red. La pesca de bou fue un avance
preindustrial de este sistema de pesca: en lugar de dos cabos tirados por una sola barca,
cada uno de los cabos se ataba a una barca, con lo cual las posibilidades aumentaban,
hasta el punto de que su conveniencia fue puesta en entredicho y prohibida en
numerosas ocasiones, porque arrastraba  demasiada cantidad de peces, desmantelando
los fondos marinos y provocando el paro de muchos otros pescadores dedicados a otras
artes. El palangre fue el único arte que pudo hacerle la competencia.
La relativa prosperidad de los pescadores del Cabanyal está ligada al bou, hasta
el punto de que en períodos de prohibiciones más rigurosas los pescadores debieron
emigrar Incluso los pescadores cabanyaleros constituyeron una pequeña colonia en
Cádiz.
Consolidación después de la desgracia
A partir de 1796 ya tenemos un conocimiento más documentado sobre ese
territorio, que lamentablemente adquirió una relevante proyección pública a propósito
de un pavoroso incendio –no el primero ni el último, pero sí el más documentado y
trascendente por sus repercusiones urbanísticas-. Se trata del incendio de febrero de
1796, del que existe un grabado y a raíz del cual se formó un modélico plano que
sirviera de base a un remodelación de la zona, alineando mejor las calles y construyendo
unas casas más sólidas que sustituyeran a las frágiles barracas.
La progresiva importancia de este enclave marinero  y pescador le permitió en
1836 alcanzar la independencia como pueblo, constituyéndose en una autonomía
municipal con el nombre de Poble Nou de la Mar. Naturalmente, la actividad municipal
estaba muy mediatizada por los intereses de los pescadores, que eran concejales y
alcaldes. No podemos dejar de citar a Félix Lacomba Redó, alcalde de pura estirpe
marinera, ni a Vicente Viñes Roig, que además de patrón, comerciante y teniente de
alcalde en varias legislaturas era primo hermano y  colaborador de Eugenio Viñes
Castellets, directamente implicado en el tráfico de esclavos a Cuba.
Destaquemos como significativa anécdota que en los  años previos a las
constitución de las sociedades de pesca y auxilio mutuo ”Marina Auxiliante” y
“Progreso Pescador”, Vicente Viñes formaba una sociedad llamada “La Protectora”
junto con Simón Cases, su futuro suegro, Francisco  García Tormos (fundador de los
“Parrantes”), Ramón Palau Belenguer (fundador del Teatro Las Delicias), los bueyeros
Juan Bautista Serra Cano y Vicente Serra Cubells y  el secretario Peregrín Cerveró
Domingo (que también fue alcalde del Poble Nou de la Mar). Viñes era propietario de
una buena cuadra de bueyes y se dedicaba a prestar dinero a los incipientes patronos
para adquirir sus “parejas” (dos barcas) de bou. La modalidad era que el dinero se lo
prestaba prácticamente sin intereses, aunque a condición de que los bueyes para el
arrastre de las barcas se los alquilaran a él.
Finalmente, en 1866 se fusionan la Marina (de Juan  Bautista Isaac y Félix
Lacomba) y La Protectora (de Viñes), dando lugar a  una sociedad hegemónica hasta
1936: la “Marina Auxiliante”.
Y en 1897, para alimentar los sueños de grandeza de la cercana ciudad, tanto la
Vilanova del Grau como el Poble Nou de la Mar se anexionaron a Valencia.
La playa, dividida entre “Marina” y “Progreso”
En 1902, época de fricciones sociales, los pescadores de la Marina se declaran
en huelga. Como resultado de ella, los pescadores se constituyen en otra nueva sociedad
cooperativa, espoleados y asesorados por un blasquismo en alza. Nace así la
Cooperativa Obrera “El Progreso Pescador” que, por su carácter político, pretende con
cierta ingenuidad formar una “flota republicana”.
Fruto de las disensiones entre los antiguos y los nuevos patronos, el territorio de
la playa, destinado a las tareas pesqueras (varado de barcas y tendido de redes), debe
dividirse y asignarse proporcionalmente a las dos sociedades en litigio. La
Comandancia de Marina designa el norte (entre la acequia de los Ángeles y la de la
Cadena) para el Progreso y el sur (entre la acequia de Gas y la de los Ángeles) para la
Marina. De ahí la existencia de dos bloques de equipamientos: tanto Marina como El
Progreso construyen sus propias casas dels bous y sus Lonjas de Pescado; la de Marina
en la esquina con Pescadores y la de Progreso en la esquina de La Marina. El Progreso,
además, construyó un precioso Asilo para los Inválidos del Mar a quien la incuria de la
administración permitió que se fuera arruinando.
Epílogo
Así pues, el Cabanyal-Canyamelar adquirió una personalidad propia que en
febrero de 1978 llevó a la Dirección General de Patrimonio Artístico, del Ministerio de
Cultura, a incoar un expediente de conservación que afectaba a 848 viviendas concretas
y a otros varios elementos. Durante la tramitación del expediente van desapareciendo
muchos de estos elementos conservables y en 1993 la Generalitat Valenciana bajo la
presidencia de Joan Lerma lo que decide es declarar Bien de Interés Cultural el núcleo
original del barrio, es decir, la trama en retícula perpendicular al mar, que debería
considerarse intocable a no ser que una intervención sobre él consiguiera  una mejora
evidente. Pero esta disposición de la Generalitat no estimuló en nada a los responsables
de llevarla a cabo, sino que más bien estimuló su pasividad, dejando declinar su estrella.
Reconozcamos que el Cabanyal-Canyamelar necesita revitalizarse, pues la
actividad que se desarrolla en la población no es la misma que durante los pasados
siglos. En ese sentido, se podría lógicamente pensar en recuperar la zona, en conservar y
rehabilitar los edificios emblemáticos, en aprovechar las ruinas para esponjar la zona y
dotarla de zonas verdes y equipamientos sociales y  quizá en eliminar los pegotes
urbanísticos. Todo ello la convertiría en una atractiva zona residencial.
Nada de esto ha tenido en cuenta la política invasiva, que no atiende de frente a
ninguno de los problemas reales, sino que pasa por  encima con un bulldozer en una
lamentable, insensata y alicorta operación especulativa.
La costa no es un recurso inagotable que deba exprimirse hasta el límite, sino
que debe regenerarse en el marco de una operación integral, que permita una zona
habitable y un litoral saludable.

            ANTONIO SANCHIS PALLARÉS SEPTIEMBRE DE 2000

3 comentarios:

  1. Magnífico artículo. Emocionante para los cabanyaleros en la diáspora. Te recomiendo un libro, que creo que ya está descatalogado, que se llama "Viejo Cabañal" , de Antonio Damiá. Son estampas cortas del Cabanyal del primer cuarto/mitad del s.XX.

    Una sugerencia: los blogs con música son intrusivos. Si añades un botón que permita silenciarlo, se agradece mucho. Aunque sea Mike Oldfield.

    Un saludo.

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    1. Muchas gracias por tu comentario,intentare encontrar este libro que me recomiendas,en cuanto a la musica,tienes razon se hace pesado,pero es que soy nuevo en esto de los blogs,y estoy bastante pez,intentare encontrar la forma de quitarla,gracias de nuevo.
      Un saludo

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    2. Un interesante documento,leido por un descendiente Valenciano..

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